Mientras en Panamá el Órgano Judicial parece indiferente al cúmulo de pruebas que hay sobre el pago de coimas a funcionarios locales, en otros países se adelantan investigaciones que podrían terminar en condenas. Ya hemos visto condenas en Brasil y probablemente las veremos en Suiza. En Panamá, los sospechosos involucrados en crímenes de corrupción niegan haber recibido coimas. Pero, la descripción de confesos y testigos siempre señalan a las mismas personas, con la complicidad de contratistas del Estado, convertidos en eficaces –y burdos– instrumentos para drenar cientos de millones de dólares.
El modus operandi usado es tan viejo y anticuado que hasta pena dan. Emplear los métodos de los militares es haberse quedado en un pasado lejano. Ese es el problema de creerse intocable. Las borracheras de poder no son buenas consejeras, pero justamente –embriagados hasta la inconsciencia– es que les gusta hacer sus fechorías, y así terminan con sus consabidas torpezas, que los identifican como si estamparan su firma.
Para no ser identificado en un robo, es insuficiente taparse el rostro. Se requiere ser sofisticado, imaginación, inteligencia. Pero si esa inteligencia solo da para poner a los hijos de testaferros, eso equivale a casi hacer el robo uno mismo. Y si es un sobrino o el cónyuge, un empleado o un amigo, tampoco hay diferencia. Sus carencias las reemplazan el poder, y el dinero robado, que también servirá para comprar conciencias.
Lo que me indigna no es la corrupción; siempre ha existido. Lo que es indignante es que el mecanismo para combatirla sea igualmente parte de la corrupción. No es un problema de ahora; es de siempre. Supongo que es la razón por la que no se necesita ser sofisticado. Nunca antes una llamada telefónica o una cuenta bancaria ha resuelto a bribones tan graves crímenes.
¿Cómo terminan los países donde el poder judicial se hizo vasallo del poder y el dinero? Miremos alrededor: Venezuela, Nicaragua, Haití, Cuba. La pobreza es la consecuencia directa. Unos pocos se nutren del dinero del Estado, mientras los ciudadanos se hacen cada vez más pobres. En un viaje a Italia, un periodista local me contó que la pobreza del sur del país se explicaba por la presencia de las mafias, que convierten sus ciudades en bases de operaciones.
Ese fenómeno ha empezado en Panamá. Las pandillas se apoderan de barrios y poblaciones que, siendo ya pobres, quedan condenadas a no salir nunca de esta. La Policía lo sabe y el Gobierno también, porque, además, como el dinero no tiene banderías políticas, las bandas han penetrado los partidos políticos y al propio Gobierno. Tener un cargo gubernamental o en el partido gobernante es garantía de impunidad. Así, la criminalidad común y la de cuello blanco se funden, con lo que nuestro país tiene –ya– graves problemas. La delincuencia ahora tiene poder político. Si no me creen, solo hay que poner atención. Las señales no son nada sutiles.
