No había visto hasta ahora funcionario de tan alta jerarquía que esté más ausente que el Procurador General de la Nación. Tenemos cinco meses con la pandemia y aquí no sabemos absolutamente nada sobre su gestión ante lo que está ocurriendo sobre casos –que no son poca cosa– de aparente corrupción, de irregularidades en la prestación de servicios o en las compras de insumos para hacer frente a esta gran tragedia que vivimos.
Tampoco sabemos absolutamente nada sobre los casos de alto perfil: cómo han evolucionado; dónde han quedado; en qué estado están, y no es hasta ahora que conocemos su opinión sobre la campaña de intimidación que lleva adelante –él sabe quién– contra jueces y fiscales. Su actitud sumisa ha dejado mucho que desear de alguien que, por ley, está obligado a perseguir el delito y a sus perpetradores.
Las cosas que están pasando en el Ministerio Público, bajo sus narices y muy probablemente con su conocimiento, son tan vergonzosas que, de comprobarse, un mequetrefe –en su pequeñez e insignificancia– tendría la vergüenza de renunciar. Pero este funcionario, por alguna razón, cree que no nos damos cuenta; que semejantes goles pasan sin que nadie los note. Pues no. No basta tener la boca cerrada sobre lo que allí ocurre. También falta ser sordo, ciego y torpe para ignorarlo.
Así es que esperamos que rinda cuentas porque, en primera instancia, nosotros –a los que nos deducen impuestos– le pagamos su salario que, a mi juicio, es mucho, considerando la nimiedad de sus logros como autoridad. He visto más entusiasmo y compromiso en estudiantes, obreros y ciudadanos al querer hacer algo por la justicia –sin recibir un centavo a cambio– que la fruslería acaparada en estos ocho meses por parte del procurador.
O empieza a dar la cara y a hacer su trabajo frente a los evidentes desmanes que están a la vista o pasará a ser conocido como el procurador “salsero” –como cuando fue fiscal–, herencia en todo caso artística, pero lejos de ser un ejemplo a seguir para los profesionales del derecho –sus colegas–, salvo que ocupe el cargo por el único mérito de ser un gran bailador, que esperemos no sea de varas.
Yo no le diré cómo hacer su trabajo; eso debe saberlo mejor que mucha gente, incluyéndome. Lo que sí es que seguiré insistiendo –porque de ninguna manera está eximido– en que debe de rendir cuentas como funcionario que los ciudadanos le pagamos. Y si no puede con la múcura, pues ya sabe qué hacer. Mirar hacia otro lado, cuando hay millones que se pierden de mano en mano, ha dejado de ser una opción. Hay muchos ojos mirándolo. Aunque, para ser franco, observarlo da tanta pereza, que seguramente es más interesante ver cómo se desplaza un caracol. No hay mucho que ver, excepto cuando mira para otro lado y empieza a silbar o a cantar algún tango, para variar. Quizás un clásico, como Cambalache.