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OPINIÓN

Sábado picante

En el mundo delincuencial de cuello blanco, la persecución política y la violación del debido proceso son los argumentos más trillados y gastados que, empero, tienen gran éxito entre hermanos no menos ajenos a ellos: los togados. Hay excepciones, jueces que enfrentan el crimen a un alto costo personal, que sufren el desprecio de sus “colegas”, y que en cruel soledad deben no solo enfrentar el acoso de políticos corruptos, sino el de gobernantes o autoridades que creen estar por encima de la ley y exigen impunidad.

Esos valientes hombres y mujeres están en evidente minoría, trabajando en un sistema torcido, moldeado por la corrupción, hecho para que el delincuente tenga siempre la ventaja. Y, como si todo fuera poco, hay jueces y magistrados entregados, cuyos fallos son vomitivas excusas para no hacer justicia, complacientes con esos que usan la justicia para ajusticiar a enemigos o para cubrirse con un manto de honestidad, que es, precisamente, por donde cojean.

Y, precisamente, en la hermandad corrupción-togados, hay movimiento. Se trata del caso Odebrecht, que también sirve de base para extraditar a los príncipes por presuntos delitos cometidos en Estados Unidos. La prueba –al menos para mí– de que este proceso será lanzado a la basura es la siguiente: los padres de los príncipes aseguran que sus retoños pretendían venir a Panamá –acorazados con inmunidad– a “enfrentar” sus casos –Odebrecht, entre estos–, pues ahora hay un Ministerio Público renovado, imparcial, justo, ecuánime, amoroso, etc.

Es la primera vez en toda mi vida que escucho que los acusados y su familia elogian con tanto entusiasmo y abrazan a su verdugo. Ellos no ignoran que el Ministerio Público (MP) es el que los investiga, acusa, procesa y eventualmente pide su condena. ¿Cómo así ese amor repentino por un MP que posee las pruebas que los condenarían? Juraría que hasta felices están de que los procesen.

Todo esto me advierte que en la estufa arden los fogones; que la olla está puesta y que comenzaron a sazonar un guiso que solo unos pocos disfrutarán. Los cocineros serán varios de esos togados que ya hasta gozan de la defensa oficiosa de los adláteres de la “pareja celestial”, cuyos angelitos están sufriendo en una sucursal del infierno en Guatemala.

En el cocimiento del guiso también hay otro cocinero: un procurador que goza de la absoluta confianza de los acusados. Hasta lo visitan en sus oficinas, usando, por supuesto, la puerta de servicio. Y todo se sabe, porque la discreción no es uno de los atributos de esta gente, cuyos saltos de alegría ya no disimulan. Ya se ven disfrutando con tranquilidad los millones esquilmados.

Tiene sentido ahora este inédito amor por el “verdugo” o por qué ahora nuestra justicia es mejor que la de New York. Seguramente allá las sentencias no se sirven a la carta.


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