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Sábado picante

Esta semana, los padres de los príncipes solicitaron al presidente de la República intervenir, a fin de que los retoños retornen a su nunca antes bien amada patria. Como la petición la hicieron –al menos– en redes sociales, hubo compasivos que se solidarizaron con el dolor de la madre, pero, incluso entre ellos, hubo reclamos: ¿cómo permitió que el padre llevara a sus hijos a la inmundicia en que él habitualmente se siente tan a gusto? Lógicamente, no hubo respuesta.

Usar a un hijo de testaferro es la más pura manifestación de la absoluta carencia de humanidad. No puedo entender cómo una madre que dice amar a sus hijos puede defender al responsable de todos los problemas que ellos atraviesan. No lo entenderé porque, siendo padre, y en el remoto caso de delinquir, nunca involucraría a un hijo mío en problemas a causa de mi avaricia.

No dudo de que en su lista de prioridades, el sinvergüenza ocupa los primeros dos lugares. Después, en ese orden, su dinero, su libertad y quizá luego sus hijos. Pero, si estos fugitivos acusados en Estados Unidos se convierten en testigos, entonces su padre los mudará a otra de sus listas: la de los estorbos en su futuro político.

Por eso no creo sea amor paterno lo que lo motivó a pedir la clemencia presidencial. Por el contrario, una vez más es su conveniencia. Tener a sus hijos en Panamá es garantía de que nunca pisarán una corte en Estados Unidos para confesar, no solo sus crímenes, sino los del padre. Si lo delata, el ejemplo del padre se habrá anclado firmemente en ellos. Sus hijos lo venderían –¡que ironía!– a cambio de su propia libertad.

Entonces, ¿cabría la posibilidad de que el señor vaya a Estados Unidos a enfrentarla justicia? Ello implicaría una dosis de valentía –su principal carencia– y quizás algo de amor paternal. Pero, para hacerlo hay que ser humano, no el enfermo egocéntrico que es él, cuya proverbial cobardía le impide conocer el significado de la palabra sacrificio. ¿Qué respeto merece alguien que sacrifica a sus hijos por su comodidad? Aunque, para ser justo, sus hijos tenían suficiente edad para elegir ser correctos o lo que ahora son. Fue elección, pero ayudados por el ejemplo del padre.

Y, aunque los príncipes vuelvan –impunidad incluida–, hay que recordar que Estados Unidos no perdona burlas de este calibre. Como algunos lo saben bien, ese país tiene formas creativas de torcer brazos, de arrodillar gobiernos, de destruir imperios económicos o hacer pagar –aun a la distancia– sin esposar a nadie.

Las cartas están a la vista, y una de ellas es la del presidente. Si no interviene, ante ojos de esa familia y sus seguidores será el responsable de lo que le pase a ella y sus negocios, porque, en su delirio de grandeza, se cree víctima de una conspiración mundial. La alternativa es intervenir, con lo que ello acarrea. En su partido y entre sus aliados hay gente –y semovientes– que viven las consecuencias. Es el precio de juntarse con el diablo.


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