En junio de 2015, Marcelo Odebrecht fue detenido en Brasil y acusado de corrupción. Nueve meses después –en marzo de 2016– fue condenado a casi 20 años de cárcel. En diciembre de ese año, la empresa y sus ejecutivos decidieron cooperar con la justicia de ese país. Las confesiones de pagos a líderes políticos de la región provocó el pánico. Las investigaciones surgieron por doquier, incluido Panamá, uno de los pocos países donde se sospechaba de las actividades ilegales de la constructora en conjunto con la élite política de turno.
Tres gobiernos quedaron involucrados en la escalada, pero la justicia en Panamá es tan inservible que probablemente los que carecen de una sombrilla de protección política sean lo únicos que vayan a la cárcel. El último capítulo de esta tragicomedia –sí, porque o lloras o te ríes– lo empieza a escribir el Partido Panameñista. Asumiendo que lo que dice Jaime Lasso sea verdad –que el dinero se usó para campañas políticas de su partido– uno no puede menos que preguntarse: ¿por qué los políticos aceptan el dinero de contratistas del Estado?
¿Acaso es menos pecaminoso recibirle el dinero a Odebrecht a través de empresas o fundaciones para luego repartirlo entre sus candidatos? Es evidente que lo que hicieron fue una triangulación y las justificaciones para hacerlo son claramente cuestionables. Pero, además, faltan explicaciones de las transferencias hechas fuera del período electoral, que suman millones de dólares. ¿A santo de qué seguían recibiendo dinero de un contratista del Estado? ¿Acaso pretenden hacernos creer que Odebrecht se los regalaba, que no esperaba nada a cambio?
André Rabello, por otra parte, es un grandísimo mentiroso y oportunista. Repentinamente sufre de amnesia. Él ponía los apodos para dirigir el dinero sucio a sus cómplices. ¿Cuándo cooperará? ¿O es que para hacerlo espera que el Ministerio Público le devuelva los millones que le incautó a él y que seguramente eran su fondo de retiro? Su silencio retrasa la investigación y protege a sus cómplices.
Quisiera él que le creyéramos que no sabe, que todo se le olvidó, que no recuerda a quién le dio plata en el PRD o en el Panameñista o sus amigos en Cambio Democrático. Rabello corrompió y se aprovechó del modelo de hacer negocios de los políticos, porque, no nos engañemos, nuestros políticos no son santos ni tampoco esperaban a que los llamaran. Tenían iniciativa: se le acercaron y reclamaban su parte del dinero en función de aceitar los pagos o para que le dieran obras. Eran mancuerna, uña y mugre, sangre y herida.
Este oportunista busca ayudar a sus compinches, reírse de la justicia –que ya debe haberle arrancado carcajadas–, burlarse de nosotros mientras él se cree impune. Rabello debe rendir cuentas de lo que sabe, que no es poco. El Ministerio Público tiene que buscar apoyo en los fiscales de Brasil. Que Rabello confiese, que deje de hacerse el pendejo. Al menos así sabremos quiénes nos robaron, aunque nuestra justicia también se haga la pendeja.
