Como veo las cosas, en 2024 estaremos contra la pared. Tendremos que elegir presidente de una lista corta. Opción A.: Un corrupto con alta capacidad de hacer; B., un corrupto con cero capacidad de hacer; y C., un desconocido que no sabemos si sube la loma y que, en el mejor de los casos, es una persona honesta, pero que ignoramos si puede hacer todo lo que está obligada a hacer.
Son opciones parecidas a las de 2009: un pueblo desesperado, que no confiaba en sus partidos ni gobernantes, y un desconocido –que, por tener plata, creímos que no tendría necesidad de robar– y esto nos llevó a donde estamos ahora.
La que tendría mayor opción, teóricamente, es la opción A. Por los general, los electores prefieren a un corrupto con capacidad de hacer que a un corrupto incompetente, que en este caso es la opción B. En cuanto a la C, es un misterio. El refrán ese que dice “más vale malo conocido que bueno por conocer” podría aplicarse. Pero recordemos que en 2009, los votantes eligieron la opción C.
Cualquiera que sea la opción, necesitará una segunda fuerza para gobernar sin problemas: la Asamblea Nacional, que es ahora donde radica el poder hacer. De eso se dieron cuenta los diputados, que en el quinquenio 2009-2014 le pusieron precio a sus conciencias y empezó la cambiadera de camisas. Y, aunque eso paró públicamente, lo cierto es que secretamente lo siguen haciendo.
El PRD es el que mejor lo ha entendido y por eso se niega a cambiar en el Código Electoral el “voto plancha”: es decir, un voto, múltiples diputados. Solo en San Miguelito, por ejemplo, un solo votante puede elegir a 7 diputados. En otros circuitos, el escenario es 1 voto, 1 diputado. Y con esa fórmula de la “plancha” se cuelan corruptos, ignorantes y charlatanes. Basta con ver lo que tenemos hoy.
Pero, volviendo a las opciones, tenemos que si fuera por simple lógica, la disputa presidencial en 2024 sería entre A y C, pues B tiene las dos variables en su contra: corrupción e ineptitud. Y después de su ceremonia de unción, su futuro parece sellado, salvo que B reconozca que sus posibilidades son escasas y decidiera “bajarse” para hacer una alianza con A. Así, B tendría la cabeza de ratón en vez de la cola del león y A obtendría gobernabilidad, es decir poder absoluto. Probablemente esa es la apuesta de A y, a su vez, la alternativa de B.
Así de mal están las cosas. Nos queda la opción C, que, de ser elegido, será bastante impopular, pues tendrá que tomar las decisiones que Torrijos, Martinelli, Varela y Cortizo se negaron a tomar. Y ya no hay más tiempo ni espacio para maniobras. La pregunta es, ¿subirá la loma? Creo que debe empezar a mostrar lo que tiene o no habrá loma que subir. Y que se prepare. Los llantos, quejas y lamentos no serán la mejor opción frente a lo que tendrá que enfrentar: la peor de las guerras sucias, que en eso sí dan cátedra.

