En mayo de 1998, el PNUD-PANAMÁ (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) presentó a la consideración de la ciudadanía nacional e internacional un documento ampliamente consultado y consensuado con la sociedad civil, partidos políticos y gobierno nacional de la época, cuyo propósito central fue definir una imagen-objetivo de la República de Panamá para el año 2020, estructurado en cuatro (4) pilares bien definidos denominados: Institucionalidad Democrática, Desarrollo Económico, Ética y Equidad, y Sostenibilidad Ambiental, además de 26 subpuntos que los complementaban.
Previa y posteriormente en términos sólo comparables a fanfarrias en plaza de toros, proyectos referidos a la visión de país que todos soñamos se han venido organizando, publicitando y presentando, como panacea de cura para todas nuestras enfermedades y problemas. Por la calidad de su contenido y participación, el documento presentado en 1998 fue visto y recibido como ejemplo a seguir por otras naciones, especialmente latinoamericanas. Pero el talento por sí sólo no basta. Hace falta harto talante para que el talento logre sus propósitos. Y en eso los panameños hemos fracasado. Nos hemos dormido en nuestros laureles pasados, inyectándonos somnolientamente con frases como que “Panamá está condenada al éxito”, “Dios es panameño”, “Panamá tierra de abundancia”, “puente del mundo, corazón del universo”, y otras tantas que si bien en algún momento fueron fuente de inspiración, hoy son simples recuerdos de un país aletargado por un glorioso pasado, que nos llevó al presente del cual todos disfrutamos pero que está en vías de colapsar.
El 2020 llegó y el país con o sin pandemia en condiciones paupérrimas está. Nada de lo prometido en esas instancias y contexto de hace 23 años se ha cumplido. Por el contrario en vez de avanzar hemos retrocedido al punto que algunos nos catalogan de Estado Fallido, el cual se mide en función de a lo menos las siguientes variables: “constantes actos de corrupción política e ineficacia judicial; altos niveles de criminalidad e inseguridad ciudadana; de informalidad, pobreza y pobreza extrema; crisis económica, inflación y desempleo; fuga de talento, bajos porcentajes de personas con educación superior de calidad; gran parte de la población con educación primaria y/o secundaria incompleta; Incapacidad de responder adecuadamente a emergencias nacionales; Incapacidad para suministrar servicios básicos”. Estos y otros aspectos definen en su calificación a un Estado Fallido, y a pasos agigantados estamos ingresando a la cueva del no retorno.
De forma perenne cada crisis viene acompañada de acciones que suponen el reencuentro con la institucionalidad del Estado, pero que en realidad resultan ser más de las farsas carnavalescas previas a la cuaresma y su simbolismo de abstinencia a la carne. Decomiso de drogas, condenas por acciones de cualquier naturaleza que riñen contra el estado de derecho y la institucionalidad, no pueden ni deben ser actos livianos, pasajeros y de temporalidad. Tienen el deber de ser permanentes en el tiempo. El buen funcionamiento de toda organización depende, no solo de la claridad de las normas que la rigen y los recursos con que cuenta para desarrollar su labor, sino especialmente de la preparación y el compromiso (talento más talante) de las personas vinculadas a ella. De esta forma, una entidad no queda al vaivén de las circunstancias, cada vez más cambiantes, y de los ‘timonazos’ que de manera reactiva pudieran dar sus directivos y funcionarios; por el contrario, tiene capacidad para sortear con serenidad las crisis, sin perder el rumbo o verse obligada a detener su marcha.
De nada sirve decir “Lo estamos haciendo lo mejor posible”. Tenemos que hacer lo que sea necesario para lograr nuestros objetivos. No hay duda de que en los postreros días, vendrán tiempos peligrosos que habrá que enfrentar con talento y talante.
El autor es amigo de la Fundación Libertad

