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Gobernanza internacional

La Carta de la Organización de Naciones Unidas, 75 años después

El 26 de junio de 2020 se conmemorará el septuagésimo quinto aniversario de la adopción de la Carta de las Naciones Unidas. Este tratado multilateral, adoptado por 51 Estados, materializó los ideales consagrados en la Carta del Atlántico y en la Declaración de las Naciones Unidas de 1942 suscrita por 26 Estados. La Carta de la ONU fue el producto final de más de dos meses de negociaciones multilaterales en la Conferencia de San Francisco y de una acción diplomática previa sin precedentes que involucró las Conferencias de Moscú, Teherán, Dumbarton Oaks y Yalta.

La Carta de la ONU consagra un conjunto de aspiraciones idealistas tendientes a “librar a las futuras generaciones del flagelo de la guerra” y establece una serie de concesiones realistas que aseguran el dominio de las grandes potencias. Para el doctor Ricardo J. Alfaro, estábamos frente al estatuto fundamental del género humano que establecía un nuevo orden jurídico internacional. En tal sentido, muchos se preguntan si la Carta es una Constitución Global.

Si bien la Carta no se asemeja a las constituciones de los Estados tampoco es análoga a otros tratados. Según Michael Doyle, estamos frente a un instrumento especial que se distingue por su carácter supranacional y perpetuo, que tiene supremacía sobre otros tratados e invita a “nosotros los pueblos” a luchar por la paz y la seguridad internacionales, por el desarrollo económico y social, y por los derechos humanos. La Carta tiene propósitos muy ambiciosos y prescribe un sistema multilateral disgregado y descentralizado, sin una autoridad central integrada. Sin embargo, establece obligaciones claras para sus miembros. Además, su supranacionalidad le permite a la organización ejercer una “agencia compleja” en ciertas materias – mantenimiento de la paz y seguridad internacionales –, y en nombre de sus 193 Estados miembros, adoptar decisiones vinculantes, inclusive sin el consentimiento continuo de éstos.

La Carta de la ONU es un instrumento flexible que integra el realismo, en el veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, y el idealismo, con los derechos humanos, la libre determinación de los pueblos y la declaración sobre los territorios no autónomos. Además, representa un avance significativo respecto al Pacto de la Liga de las Naciones pues se construye en base a las experiencias de esta organización antecesora. Su establecimiento se negoció desde antes de la culminación de la Segunda Guerra Mundial, a diferencia de la Liga cuyas discusiones iniciaron luego de culminada la Primera Guerra Mundial; el veto reemplazó la unanimidad que requería la Liga; también, con el establecimiento de la Corte Internacional de Justicia, se dotó de continuidad a la jurisprudencia del Tribunal Permanente de Justicia Internacional.

Al analizar la Carta de la ONU es fundamental reconocer que estamos frente a un documento que es conservador y a la vez progresista. Tal como lo resume Edward Luck, la noción conservadora se manifiesta en la composición y las prerrogativas del Consejo de Seguridad, mientras que la vertiente progresista se encuentra en la incorporación abierta de los derechos humanos y el desarrollo. Precisamente, esa apertura le permite a la Carta adaptarse y responder a los desafíos globales. Sin embargo, su parte conservadora hace casi imposible la realización de ciertos cambios necesarios, incluyendo las normas aplicables al uso de la fuerza y la regulación de las misiones de mantenimiento de la paz.

Setenta y cinco años después, el mundo enfrenta desafíos complejos como el cambio climático, el uso del espacio exterior y nuevas amenazas a la paz, incluyendo el terrorismo, los ciberataques, la inteligencia artificial y la mercantilización de las armas de destrucción masiva. La Carta de la ONU debe transformarse para ofrecer un marco normativo robusto para lidiar con estas situaciones. Esto no será posible si la organización no aprende de sus errores del pasado, incluyendo los hechos acaecidos en Palestina, Somalia, Ruanda, Yugoslavia, Haití y Siria.

La continuidad y la relevancia de la ONU dependerá de la cooperación entre “nosotros los pueblos”, entre los Estados grandes y pequeños, y en que las potencias reconozcan el peligro que representa la inacción. La ONU y sus agencias especializadas distan de ser el modelo perfecto, pero sería injusto negar los aportes significativos que ha hecho la organización y su carta constitutiva al avance y bienestar de la humanidad. Tal como lo dijo el Secretario General Dag Hammarksjold (1953-1961), “la ONU no fue creada para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”.

El autor es abogado y profesor de derecho internacional


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