A nuestros jóvenes atletas poco les damos, sin embargo, mucho les exigimos. Cuando representan la bandera nacional en torneos internacionales, solo nos sentimos satisfechos si alcanzan una medalla. Si el galardón es de una jerarquía menor, no es tomado en cuenta. La ciudadanía pasa por alto las peripecias por las que deben atravesar quienes se imponen destacarse en una disciplina deportiva, máxime en una competición internacional. Sobreponerse a la dejadez oficial, a la fragmentación de esfuerzos y a las truculencias de las asociaciones deportivas locales y batallar en los escenarios deportivos, constituye en sí un acto de heroísmo. Sin planificación, sin metas, el deporte nacional lo dirige, tristemente, el azar y la buena suerte. A pesar del síndrome del no me importa, Eileen Coparropa, Jesicka Jiménez, Otto Castillo y sus compañeros beisbolistas vencen la soledad que los rodea, llenan de gloria su bandera y regresan al país con las manos llenas de esperanzas. Oriundos de una nación que aún no completa los tres millones de habitantes, ellos hicieron peligrar todo el sistema de incentivos, recursos y organización deportiva imperante en Estados Unidos, Brasil y otras naciones. Son el ejemplo de panameños perseverantes y de empuje. Es hora de que los apoyemos, rompiendo el ciclo de abandono al que son sometidos estos héroes.
Hoy por Hoy 2003/08/19
19 ago 2003 - 05:00 AM