Después de tres semanas de incursión militar de la alianza encabezada por EU, colapsó la dictadura iraquí. No hubo ángel que le amparase ante la superioridad de las fuerzas invasoras: los soldados de la temible Guardia Republicana ni siquiera llegaron a mostrar los dientes. El derrumbe de una gigantesca estatua de bronce de Sadam Husein Abdelmayid Abdalgafar, en una plaza central de Bagdad, marcó el fin de un régimen dictatorial de 23 años y el comienzo de un futuro incierto para una nación compuesta por tres grupos étnicos con diferencias fundamentales: los árabes sunitas, los árabes chiíes y los kurdos. A pesar de que en Basora, Nasiriya, Karbala y otras ciudades se registró un grado de resistencia a las tropas aliadas, en Bagdad la defensa militar de Sadam se evaporó sin luchar. Aún es un misterio si realmente existían las armas de destrucción masiva que fueron invocadas por el presidente Bush para desatar la invasión. La pronta caída del régimen significa un alivio para el mundo, pues se rompe con el drama humano que toda acción militar implica. La nación iraquí afronta retos difíciles, no solo en su reconstrucción y su seguridad alimentaria, sino en la creación de un sistema democrático que sustituya a décadas de autoritarismo y sobre todo la integración, posiblemente a través de una federación, de grupos étnicos tan distintos.
Hoy por Hoy 2003/04/10
10 abr 2003 - 05:00 AM
