Nuestra clase política ha evidenciado carencias tales que, más que mover a compasión, provoca sentimientos de repudio en la mayoría ciudadana. Ante la proximidad del torneo electoral, es urgente renovarle el rostro para propiciar mejores días para todos. Este cambio no puede quedarse en lo cosmético ni referirse a la irrupción de nuevos personajes, con las mismas carencias, en el escenario público. Ni impulsados por el descontento debemos caer en la ingenuidad de correr tras las promesas de aquellos oportunistas que reactivan su carrera política solo meses antes de cada elección. El país requiere de políticos con nuevos esquemas de pensamientos, estudiosos a fondo de las nuevas realidades y, sobre todo, que su más firme mandato sea servir a sus conciudadanos; no servirse de ellos para satisfacer malsanas apetencias y ambiciones. El político que reclama la nueva centuria es aquel capaz de anteponer los intereses y el bienestar de la mayoría ciudadana a los intereses personales o de grupos. Responsable de sus actos y dispuesto a rendir cuentas a aquellos a quienes al final del día debe su labor: sus electores y conciudadanos. Un político de este talante es el que se necesita para construir, junto con una ciudadanía celosa de sus derechos y deberes, el país que todos soñamos. Todo ello ahora que estamos prontos a iniciar nuestro segundo siglo de vida republicana.
Hoy por Hoy 2003/01/16
16 ene 2003 - 05:00 AM
