Mientras la estabilidad del funcionariado dependa de los vaivenes de la política partidista no habrá esperanzas de que Panamá abandone el subdesarrollo crónico. Una burocracia profesional y competente se ha constituido en un factor positivo en el progreso de muchas naciones. Por el clientelismo, los puestos del servicio público se han politizado a tal punto que se convierten en botín de quien ejerce el poder. No hay reglamento ni carrera administrativa que valgan. No hay Estado que pueda funcionar con un mínimo de eficiencia con estas deformaciones. Al inicio de cada mandato presidencial se renueva el desenfreno de cambiar a los servidores públicos sin importar sus credenciales ni sus años de servicios. Esta es una práctica nociva para el buen funcionamiento de las instituciones oficiales. La función de los partidos políticos es fundamental en el ejercicio de la democracia. A través de ellos se concreta la participación ciudadana. Sin embargo, es pésimo para la República que el servicio público sea enteramente controlado por el partido vencedor. Era impensable que con la última reestructuración ministerial los funcionarios se convertirían en rehenes de los nuevos jefes. Los funcionarios sirven al Estado y no a un partido ni a las facciones de partidos. Es condenable que cada nuevo ministro lleve a cabo una barrería de los funcionarios designados por su antecesor, máxime cuando se trata de un mismo gobierno.
Hoy por Hoy 2003/01/15
15 ene 2003 - 05:00 AM
