A marchas forzadas se erosiona el sentido auténtico que tienen los partidos políticos en los procesos de estabilidad democrática y participación ciudadana. Las reformas al Código Electoral, aprobadas recientemente, se convirtieron en el tiro de gracia que necesitaban los grandes colectivos para establecer sistemas de control que los distancian cada vez más de las aspiraciones populares. Lo que era un escalón en el perfeccionamiento de la democracia, las elecciones primarias interpartidarias, quedó a merced de los caciques políticos. Se enterró una fórmula que era un avance en la democratización de la vida pública, al hacer más transparente la toma de decisiones colectivas. Al clientelismo y a la crisis por la que atraviesan la clase política y sus organizaciones, se han sumado dos fenómenos que presagian la renovación de odiosas prácticas: la partidocracia y el bipartidismo. Se trata de fenómenos antiguos, que no han sido inventados en nuestro medio. Sin embargo, tienen un poder destructor de los valores democráticos, ya que se asientan sobre la conservación de privilegios y el ejercicio del control absoluto desde las cúpulas de los partidos poderosos. Se amplía la ambición de dominio, se desvirtúa el verdadero sentido de la democracia participativa, se detiene la necesidad de cambio y se cierra el espacio de acción de la sociedad civil. Cuando desempolva la aberrante fórmula de la revocatoria de mandato para los legisladores, el Partido Arnulfista hace comparsa con el PRD. Es tirar más leña al fuego de un proceso de deterioro progresivo del sistema de partidos.
Hoy por Hoy 2003/01/11
11 ene 2003 - 05:00 AM
