Cuando Mireya Moscoso, como candidata presidencial oficialista, fue derrotada en 1994, su compromiso democrático la llevó a aceptar la entrega, de modo pacífico y sin sobresaltos, de las riendas del poder a las fuerzas de la oposición. Cuando Martín Torrijos, como aspirante presidencial del gobierno, cinco años más tarde fue superado por la oposición, de nuevo la democracia panameña se fortaleció con la adhesión del candidato perdedor a las reglas básicas del juego democrático. Asumió entonces el poder Moscoso. Habiendo compartido destinos similares, como candidatos que, en distintos momentos, supieron admitir la derrota, Moscoso y Torrijos han contribuido con el afianzamiento del sistema democrático nacional. La política, por su propia dinámica y naturaleza, crea extraños compañeros, si bien en el escenario local no deja de llamar la atención que dos colectivos que son enemigos acérrimos [el PRD y el Partido Arnulfista] se empeñen tanto en impulsar al unísono una propuesta de reformas electorales que, de ser aprobada en la Asamblea, significará un retorno a la época del caciquismo. Si prospera la iniciativa, las cúpulas de los partidos y el poder del dinero determinarán previamente los nombres de los candidatos del torneo electoral. Moscoso y Torrijos deben sentirse avergonzados por su participación en esta infame lesión a las bases del sistema democrático. En política no hay sorpresas, sino sorprendidos. No es de extrañar que, ante tanta desfachatez, los sorprendidos terminen siendo Torrijos, Moscoso, y quien llegue a ser candidato de a dedo.
Hoy por Hoy 2002/12/10
10 dic 2002 - 05:00 AM
