Este gobierno, paralizado por una espesa maraña de inepcia y de intereses particulares (que en las alturas del poder predominan sobre los públicos), va de tumbo en tumbo hacia un final con pena y sin gloria. La jefa del Ejecutivo aún no ha podido ni podrá desintrincarse del abrazo asfixiante de sus más allegados, seres insaciables, indiferentes a la suerte de la nación, que, como los llamados parásitos ineficientes, devoran ciegamente todas las reservas vitales a su alcance, aun cuando eso signifique a la larga la muerte de su hospedero y, por lo tanto, la suya propia. La presidenta parece no haber comprendido que ella recibió un mandato del pueblo panameño no para formar un club de amigos, sino para gobernar todo el país, no una parva región constreñida por límites geográficos muy precisos. Aquí no se puede echar a andar nada, porque cualquier proyecto tropieza o con la necedad de un funcionario o con la codicia de un particular, interesado únicamente en sacar su tajada. Y doña Mireya ni siquiera ha conseguido comprar la lealtad de estas lombrices. Al día siguiente de las próximas elecciones, traspasarán, sin parpadear, su apoyo incondicional al nuevo gobernante. Pero cuando alguien les llama la atención sobre cualquier desaguisado, los voceros oficiales lo acusan de desestabilizar el país, lo mismo que hacían los de Noriega. Pero más allá de los hechos anecdóticos, la presidenta debe comprender que en definitiva ella será la única responsable moral, política e histórica de todos los actos de su gobierno.
Hoy por Hoy 2002/11/21
21 nov 2002 - 05:00 AM