Como se observa a menudo, los militares y los políticos suelen estar preparados para ganar la última guerra que perdieron. Eso es así, particularmente en la Primera Guerra Mundial, en la cual desapareció -entre otros- el imperio Otomano que gobernaba gran parte del oriente de Europa y todo el territorio que hoy día llamamos Medio Oriente. Los representantes de las potencias vencedoras, reunidos en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, contemplaron sus imágenes reflejadas centenares de veces, lo que los animó para modificar el mapa político de Europa. Y las minorías étnicas y religiosas que no sabían dónde ubicar, las incluyeron en Yugoeslavia, y las consecuencias aún las estamos pagando. En el Medio Oriente fueron más cautelosos y crearon un régimen de fideicomisos sobre esos territorios, que Inglaterra administraría hasta que la utópica Sociedad de las Naciones resolviera qué había de hacerse. La Sociedad de las Naciones o Liga de las Naciones nunca existió y la Segunda Guerra Mundial complicó más las cosas. Terminada la guerra, se constituyó la Organización de las Naciones Unidas, e Inglaterra les planteó al problema de Israel y Palestina. Fue así como en 1948, las Naciones Unidas crean el Estado de Israel, pero se han desentendido de su suerte, a pesar de que tienen la obligación moral y política de hacer algo efectivo para lograr la coexistencia pacífica en la región, ante el peligro inminente de una guerra catastrófica para ambos, y posiblemente para el mundo.
Hoy por Hoy 2002/04/02
02 abr 2002 - 05:00 AM
