El secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Tarcisio Bertone, enviado por el Papa a Panamá para participar en las ceremonias de conmemoración de los 114 años de la muerte de San Juan Bosco, ha puesto el dedo en la llaga que angustia y lacera a la mayoría de los panameños y extranjeros que residen aquí: la corrupción. No puede haber paz si no hay justicia, dijo el prelado, con lo cual sintetizó el asunto magistralmente. Ese es el problema principal de Panamá. Sin duda es el más grave de los males que sufrimos. La administración de justicia es ineficiente, tardía y corrupta, según la percepción ciudadana que se refleja reiteradamente en las encuestas y sondeos de opinión pública. El problema es muy simple: se ha perdido la credibilidad en todas las instituciones. No hay fe en los órganos Ejecutivo, Legislativo y tampoco en el Judicial. El Ministerio Público, por tanto tiempo cuestionado, no ofrece los resultados que el pueblo espera y los tribunales, a todos los niveles incluyendo a la Corte Suprema de Justicia ofrecen escaso remedio y, cuando lo hacen, es tardío. Se trata de una situación extremadamente peligrosa, porque cuando no hay remedio institucional surgen las vías de hecho, con impredecibles consecuencias para la economía, las estructuras políticas y la reputación de Panamá. El gobierno está jugando con fuego, y quien juega con fuego se puede quemar.
Hoy por Hoy 2002/01/31
31 ene 2002 - 05:00 AM