Poco importa si los asesinos del cantautor iban por él o estaban a la caza de otro: Facundo Cabral está muerto; la violencia no. Hasta ahora, Panamá ha sido afortunada porque en los períodos en que Colombia fue presa de esta, factores geográficos y políticos actuaron como barrera. Luego, cuando Centroamérica se cubrió de sangre –primero, por las guerras civiles, luego por las pandillas–, Costa Rica se irguió como muro de contención.
Pero, ¿quién nos protege de la violencia que brota localmente? El crimen organizado florece en la corrupción; su brazo ejecutor –el sicariato– lo hace en la desigualdad, que garantiza mano de obra barata y dispuesta. En Panamá se dan ambas condiciones; y por ello las encuestas revelan que a los ciudadanos les preocupa la inseguridad. Solo resta esperar que la muerte de Cabral no haya sido en vano.
Que si el coraje y la integridad no son suficientes para impulsar a gobernantes y ciudadanos a actuar contra la impunidad, entonces que sea el miedo el que lo haga. Hoy, el escenario fue Guatemala; mañana puede ser cualquiera de nuestras calles.
