De ser confiables los datos oficiales, Panamá estaría próximo a ser un país libre de analfabetismo. Esto al haber logrado reducir el número de iletrados, del 7.6% al 5.5%, es decir 2.1% (128 mil 352 personas), gracias al programa de alfabetización que se adelanta desde 2007. Se trata de una noticia magnífica que, en palabras de un representante de la Unesco, hace de nuestros esfuerzos alfabetizadores, junto con los de Costa Rica, los mejores de la región centroamericana. La buena nueva, acompañada de los avances positivos que en este campo muestran las áreas indígenas, plantea un desafío colosal a la sociedad panameña y, especialmente, al Gobierno.
Porque se trata, apenas, del primer paso para llevar, a niveles superiores de conocimiento, a quienes son rescatados del submundo del analfabetismo. Esta tiene que ser, de manera verdadera y enfática, una de las prioridades nacionales. O, si se quiere, una de las “imperdonables” primeras, en vez de apostar a proyectos que cada vez profundizan más la inequidad social por la que, de manera tan vergonzosa, se nos conoce más allá de nuestras fronteras, según estadísticas por completo creíbles.