La sociedad panameña está condenada a sufrir por su propia desidia, y en ello no hay exclusiones: tanto gobernados como gobernantes tienen mucho que ver con lo que está ocurriendo en su entorno.
Los usuarios de la cinta costera, por ejemplo, no pueden usar sus instalaciones públicas porque hay quienes disfrutan destruyendo la propiedad colectiva. Depredan hasta lo que les pertenece, solo para que otros no puedan usarlas. Ahí está el caso de las alcantarillas del Idaan, taponadas con toda clase de objetos y sustancias.
¿Cómo llegan hasta el alcantarillado, si no es por nuestra propia mano? Pero del otro lado están las autoridades, permisivas y complacientes hasta la negligencia. ¿Cuándo empezarán a crear la cultura de la certeza del castigo? Con solo dar este paso, mucho se evitará. Pero si la impunidad reina como hasta ahora, las cosas solo van a empeorar.
La sociedad ya no puede seguir dándole la espalda a los valores; ya no puede darse el lujo de aislarse ante los problemas solo porque no estaban a la vuelta de la esquina. Es, precisamente, por esta torpe actitud que hoy tenemos estos problemas.