Lo revelado por los embajadores de Estados Unidos a Washington sobre la rampante corrupción que reina en la Corte Suprema de Justicia es el secreto peor guardado en Panamá. Las encuestas de opinión –que responden panameños de distintos niveles económicos, de escolaridad y región– siempre han ubicado los niveles de corrupción por el orden del 80%, porcentaje que es solo superado –ligeramente– por los políticos.
Si la Corte Suprema es un bazar donde se compran y venden fallos, ¿qué podemos esperar de ella? La justicia está secuestrada por varios magistrados que solo están interesados en llenar sus bolsillos para vivir en medio del lujo vulgar y alimentar una codicia que no conoce de límites, y para ello emiten fallos de una desfachatez brutal, carentes de razón y argumento. Bien califican los embajadores estadounidenses nuestra justicia de “negocio”. Con los niveles de corrupción que ha habido en cada gobierno, los magistrados deben ser los únicos de todo el país que no se enteran, y de ahí que sus fallos sean tan generosos. No, no hay novedad en lo que dicen los cables diplomáticos. Pero es indignante sabernos tan impotentes ante tanto y descarado abuso.
