Según ha quedado en evidencia en los cables hechos públicos por Wikileaks, la aversión de los políticos en el poder hacia las organizaciones de la sociedad civil no fue inventada por el presidente, Ricardo Martinelli, ni por su más agresivo ministro José Raúl Mulino.
La activa y permanente actuación de ciudadanos comunes para poner en la agenda pública temas de interés general en materia de justicia, ambiente, corrupción, seguridad, libertad de expresión o derechos humanos molestó antes al exmandatario Martín Torrijos, y siempre a los políticos que creen que la democracia es un mero ejercicio electoral que transforma al ciudadano en súbdito. Aquella queja de Torrijos ante la Embajada de Estados Unidos durante su mandato, y la sistemática agresividad de la actual administración hacia los dirigentes de la sociedad civil, evidencian una ignorancia supina sobre la labor de quienes no pretenden gobernar –ni “cogobernar”–, sino ser bien gobernados. Para ello se organizan, proponen, protestan o presionan, haciendo de la democracia una práctica permanente y comprometida. Ya va siendo hora de que se enteren.
