El final de bin Laden propone múltiples lecturas. Cierra un ciclo, pero de ninguna manera clausura una época, y más bien se presenta como símbolo de esta. Una era en que los extremismos arrasan con todo vestigio de respeto por la vida. La irracionalidad fundamentalista que caracterizó el andar de bin Laden, dio curso de legalidad a políticas toleradas por la comunidad internacional en nombre de la defensa de los valores occidentales, con acciones que no han hecho algo distinto que recortar espacio a los derechos humanos.
Lo sanamente aprovechable de la experiencia sería cerrar el paréntesis de interdicción paranoica abierto a partir del 11-9, pero ni están dadas las condiciones ni existe voluntad para ello.
Es la nueva guerra fría. Nadie sabe dónde se presentará el horror en la próxima hora. Y es que mientras no se reconozca la supremacía de la paz sobre las demás condiciones para sustentar la convivencia entre los pueblos y el desarrollo de sus sociedades, la violencia extremista seguirá consagrando santones, y hallando acólitos en el mundo. La única apuesta es la paz, que pasa por el respeto y la tolerancia entre los hombres y las naciones.
