Los días de asueto que tenemos por delante, bien podrían servir para meditar sobre nuestro futuro y el de las próximas generaciones de panameños. El ejemplo que estamos dando a nuestra juventud deja mucho que desear como sociedad: los valores han sido retorcidos para amoldarlos a la oportunidad; la familia cada día se descompone más. Tal parece que nadie recuerda aquel sermón que dio el papa Juan Pablo II en su visita a Panamá en 1983, en el que se refirió extensamente a este problema en particular.
El país marcha bien económicamente, pero muchos de sus ciudadanos no le prestan atención a los problemas estructurales importantes, como la pobreza, la falta de solidaridad, la ausencia de equidad o el debilitamiento de la institucionalidad. Hemos descuidado, y no pocas veces olvidado, nuestros deberes cívicos. Y lo que es peor, le heredaremos a nuestros hijos y nietos un país institucionalmente destruido. Urge despertar del profundo letargo en el que estamos, sedados por la falsa imagen de un país casi desarrollado. Y hay que hacerlo pronto o corremos el riesgo de que el bello sueño de hoy se convierta en una terrible pesadilla mañana.
