La mano dura del director de la Policía Nacional ha sacado de las calles a muchos delincuentes, sobre todo pandilleros. De este modo, el Gobierno ha atendido, al menos parcialmente, uno de los más sentidos clamores del electorado. No obstante, en ausencia de una estrategia orquestada, que contemplara programas de rehabilitación, agilización de procesos y adecuación de facilidades, lo que hemos hecho es sustituir un problema por otro.
La población de nuestras cárceles rebasa por mucho su capacidad; y las reyertas dan cuenta de que en esos edificios malolientes e inhóspitos campean el tráfico de armas y el de influencias, entre otras corruptelas. Es inevitable que la presión que se cuece allí dentro, termine por tirar abajo rejas, muros y vallas. Si contamos con recursos para echar concreto donde lo que falta es grama, deberíamos también disponer de fondos para aliviar la presión del sistema carcelario, antes de que explote y devuelva a las calles, convertidos en fragmentos amargos de lo que una vez fueron, a todos esos mendigos, ladrones, pandilleros, criminales y antisociales que creímos haber borrado de nuestros barrios.
