Nuestra sociedad está plagada de prejuicios relacionados con creencias religiosas, ideologías y preferencias sexuales. Tanto es así, que a la hora de elegir al Presidente hay un 69% de panameños que asegura que le negaría el voto a un ateo. Solo quienes agreden a sus esposas correrían peor suerte en materia electoral, según revela una encuesta en la que salió a relucir que, al momento de escoger al inquilino del Palacio de las Garzas, las condiciones de ateo, judío y homosexual son casi tan indeseables como las de maltratador o militante de grupos de extrema izquierda.
Dicho esto, no sorprende que unas lesbianas hayan ido a dar a la cárcel por besarse en público o que un cónsul se haya visto forzado a renunciar por disfrazarse de mujer en Carnaval, salida a la que no se han visto abocados funcionarios acusados de transgredir, ya no la honra, sino la Constitución y la ley. Estamos atrapados en la forma, pero no analizamos el fondo. Pensamos que la honorabilidad se halla en el saco, la corbata, o la misa dominical; tal vez por ello los criminales de cuello blanco se encuentran tan a gusto entre nosotros.
