Cuando un columnista de este diario y su pareja fueron expulsados de Panamá –los funcionarios prefirieron llamarle “repatriación voluntaria”–, el gobierno hizo un ataque directo a la libertad de expresión. Los argumentos para justificar tal atropello no convencieron a muchos, porque una encuesta realizada para este diario reveló que cerca del 60% de los entrevistados sintió que la medida fue abusiva.
Eso y el hecho de que ha habido otros incidentes muy serios con los medios de comunicación, han creado un clima de preocupación, por lo menos, en algo más de la mitad de la sociedad panameña.
El panorama no es nada alentador porque los ataques contra los disidentes van en escalada. Esa manera tan arbitraria de proceder contra personas que no son afines a este gobierno, terminarán por hacerle un terrible daño a la democracia. Pero todavía se está a tiempo de corregir rumbos y evitar errores. Los gobernantes deben entender que la mayoría de las críticas no se hacen con el fin de herir o atacar, sino para que los destinatarios de estas rectifiquen y hagan las cosas mejor. Si no son capaces de entenderlo, la situación no mejorará. Seguramente, empeorará.
