El gobierno adelanta su plan para construir la torre financiera, un multimillonario gasto cuya necesidad ha sido cuestionada desde el momento en que se lanzó la idea. Para concretar el faraónico plan, esta administración también hace gestiones para demoler la antigua sede de la Embajada de Estados Unidos, un edificio que para muchos es histórico y, por ello, debería conservarse, mientras que para otros podría ser la sede de un museo, que, por cierto, hace mucha falta en Panamá.
Lo cierto es que los panameños necesitamos recordar lo que somos y lo que hemos sido, y ello se logra conservando bienes de valor cultural, pero el problema es que nadie le presta atención a la cultura. Vale más la estructura de concreto y vidrio, que nuestra identidad. Otro ejemplo de ello es la subasta que se hará de la casa del ex dictador Noriega. Esta fue saqueada hasta el techo, y todo en las narices de las autoridades. Es insólito el hecho de que ahora se pretenda vender para sacarle dinero –o incomodar al general a su regreso–, cuando su verdadero valor es histórico. Pero la ceguera es tal, que somos incapaces de valorar el patrimonio cultural e histórico de nuestro país, así sea este más brillante que el oro.
