La institucionalidad del país está por encima de los intereses de los líderes partidistas y del vaivén político. Blindarla es cosa que eleva a un simple funcionario a la categoría de estadista, un título al que todo dignatario de la nación aspira, pero que unos pocos consiguen.
No basta con llegar a la silla presidencial. Si bien es una victoria, apenas es una batalla entre las muchas que hay que librar para que la democracia se consolide en bien de todos los panameños. Hasta ahora, la institucionalidad ha sido la gran víctima. El legado de los forjadores de nuestra democracia ha perdido valor, el Estado ha perdido terreno, y no solo en este gobierno, sino en todos, cada vez que el Ejecutivo ha logrado colar su mano en el resto de los órganos.
Todos esperamos que el diálogo al que ha llamado Martinelli a los ex presidentes tenga como objetivo proteger nuestro ya débil sistema democrático. Lograrlo implica sacrificios personales, e incluso, políticos, pero la nación entera ganará. La vida de Guillermo Billy Ford (q.e.p.d.) es ejemplo de ello. Fue su sacrificio lo que permitió a sus sucesores gobernar desde el Palacio de las Garzas. Ese es el modelo a seguir.
