La ex procuradora Ana Matilde Gómez ha presentado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) una demanda contra el Estado panameño. Busca la justicia que tan brutalmente le fue negada en Panamá tras un juicio extraído de un libreto circense. Las posibilidades que tiene de obtener una victoria son muchas, pero a los que conducen la nave del Estado eso parece importarles poco.
En solo meses, el prestigio de esta nación en materia de derechos humanos ha sido pisoteado y reducido a polvo. Estamos sometidos a los sobresaltos de una democracia sin rumbo y a la voluntad de líderes que padecen de ceguera, sordera y amnesia.
Panamá ha quedado expuesto a una nueva condena de la CIDH, porque, a fin de cuentas, no es la razón la que nos gobierna, sino ese deseo insano del poder absoluto. Forjar el carácter de un pueblo requiere de un estadista, capaz de darnos ejemplos edificantes. Lamentablemente lo que estamos viendo es exactamente lo contrario. Muchos vientos ha sembrado este gobierno, así que no debe quejarse de las tempestades que seguramente cosechará.