Ante la eventualidad de un posible desastre natural, la implementación de un plan efectivo para atenuar los efectos que este pudiera causar es primordial. Improvisar, cuando salvar vidas humanas es prioridad, es un crimen imperdonable. Países como el nuestro, en los que el crecimiento económico es cada vez más dinámico, no pueden alardear de progreso en tanto no se desarrollen planes definidos y ensayados para manejar catástrofes de cualquier índole.
El Servicio Nacional de Protección Civil muy eficientemente hace lo que puede con los recursos que le asignan, pero la realidad es que los sistemas de apoyo para contrarrestar un posible desastre, todavía requieren de una gran inversión. Con un cuerpo de bomberos incompleto, tanto en recurso humano como en equipo, con un Instituto de Geociencias sin presupuesto ni tecnología adecuada, con calles intransitables y una población que no ha sido educada en cuanto a cómo reaccionar ante estos fenómenos, es muy poco lo que podremos hacer si se presenta una calamidad. Hasta ahora hemos sido muy afortunados. No corramos riesgos innecesarios.
