La corrupción está tan arraigada en nuestra sociedad que para erradicarla se requiere de múltiples acciones paralelas. Hay que empezar por enseñar valores ciudadanos, despertar conciencia ética y alertar contra las manifestaciones y síntomas más frecuentes como enriquecimiento ilícito, pago o cobro de coimas, conflictos de intereses, chantaje y otros. Luego, hay que construir carácter, eso que una vez alguien definió como la musculatura del alma, y que es la fuerza que permite actuar bien, aun en circunstancias de tentación o de peligro.
Finalmente, urge construir un ambiente que promueva, estimule y premie las buenas prácticas ciudadanas. La impunidad es el primer y más grande obstáculo para lograrlo. Mientras la justicia siga haciéndose la vista gorda ante las faltas y delitos de quienes pueden pagar abogados, mientras se ensaña con aquéllos que no, la lucha estará perdida. Porque, hasta el mejor intencionado se preguntará si vale la pena caminar en línea recta en una sociedad en la que el éxito material se alcanza más rápido y fácilmente por los aceitados caminos de la corrupción.
