Se trata de una nueva decisión de la Corte Suprema de Justicia, pero es más de lo mismo: en Panamá no hay justicia. Un fallo que favorece a una empresa minera ha dejado en la impunidad sus acciones. La empresa no tuvo el menor escrúpulo en infligir daños ecológicos en una extensión de más de 50 hectáreas de tierras y bosques por los que la Autoridad Nacional del Ambiente la multó.
Con estos perjuicios causados ¿cómo a este fallo que firmaron los magistrados le pueden llamar justicia? La desvergüenza es tanta como escasa la moral que hay en su decisión. ¿Acaso los jueces pensaron en la destrucción que causó la minera? ¿Habrán valorado la inconformidad de los que han tenido que soportar la soberbia de quien perjudicó el ambiente? El mensaje enviado por los magistrados en su fallo parece vaticinar la clase de cosas que tendremos que esperar de ellos y del Gobierno cuando se haga realidad el deseo del Ejecutivo de convertir Panamá en una enorme mina a cielo abierto.
Esta nueva sentencia va a engrosar los motivos por los que no creemos en la Corte, pero, ¿a quién le importa eso? Mientras cobren, el prestigio y el buen nombre es lo de menos.
