Los partidos políticos son la base de una democracia. En ellos, los ciudadanos buscan el ideal de gobierno que no solo permita, sino que estimule el desarrollo del país y el bienestar de sus habitantes. Su existencia garantiza la diversidad de ideas y promueve la tolerancia, tan necesaria para la coexistencia pacífica y el debate constructivo. Desde hace años los partidos políticos sufren la deserción de sus miembros, o se extinguen tan rápido como nacen, y últimamente son vistos como objetos negociables por los partidos en expansión.
La pregunta –a la hora de la fusión– no es qué valores comparten, sino cuánta gente gana el partido que absorbe. Así las cosas, los líderes políticos no tienen por qué sorprenderse cuando un copartidario decide saltar al bando contrario, que generalmente es el que gobierna. En esos militantes la doctrina política es inexistente y su compromiso con el sector público es ínfimo. En cambio, son generosos con sus bolsillos, una lección que aprenden con sorprendente rapidez de sus mentores. La carencia de doctrina e ideología lleva a estos partidos a su extinción. Le sobrevivirán, eso sí, los militantes, que no dudarán en inscribirse en otro con más dinero que principios.
