Las artes son la expresión más auténtica de un pueblo, y la cultura constituye la base de la identidad de los pueblos. A pesar de todas las adversidades, la sociedad panameña conserva una poderosa identidad que contrasta con la anémica ayuda que este y los gobiernos anteriores le han dado.
Allí están nuestros teatros, mudos monumentos al silencio y al olvido gubernamental. Perece en sus raídos escenarios el sueño de multitudes que esperan ver el talento de nuestros artistas, y qué decir de nuestros exponentes artísticos, que deben vencer toda clase de obstáculos para darle un poco de cultura a sus compatriotas. Ser panameño entraña alimentar nuestra identidad, pero nuestras autoridades parecen convencidas de que solo necesitamos concreto armado para las calles o para los rascacielos que se construyen, olvidando que tenemos un alma en la que se ven reflejados lo que somos y el orgullo de ser panameños.
Quizás parezca poca cosa, pero un teatro, además de cultura, también le da forma a nuestro humor, fortalece nuestros conocimientos, pero, sobre todo, aprendemos de muchas formas. Tal vez una partida económica como la del Carnaval sirva para renovar estas estructuras tan necesarias para moldear nuestra identidad.
