Panamá se enfrenta a un serio dilema. El desarrollo económico del país llega en momentos en que atravesamos la peor crisis educativa de las últimas décadas. Es decir, en nuestro peor momento, pues el actual clima económico es propicio para la inversión, pero es evidente la carencia de personal calificado para ocupar las plazas de trabajo que se crearían como consecuencia de nuestro propio desarrollo.
La iniciativa de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresas de crear un instituto de innovación para la educación debería ser tomada en serio, pues con ella se podrían concretar metas que permitirían satisfacer las necesidades que demanda el país. Es el foro ideal para que todos –Ministerio de Educación, estudiantes, docentes, padres de familia, empresarios y otros actores de la sociedad– lleguen a acuerdos que nos saquen de este profundo y oscuro hoyo.
Ya está bueno de tanto egoísmo, pues esta es una de esas guerras en las que no hay ganadores. Pero las víctimas –nuestra juventud– se cuentan por miles. Es ella, la juventud, la que sufrirá la condena de vivir en la marginación por culpa de la intransigencia sin sentido de aquellos que deberían facilitarles su futuro.
