La Iglesia católica –que estos días celebra la semana más solemne de su calendario litúrgico– atraviesa por uno de los momentos más críticos de su historia como institución.
La infame actuación de sacerdotes contra inocentes niños en Estados Unidos, Irlanda, Alemania, México, Chile, entre otros muchos lugares, no puede ni debe quedar impune. Los curas pederastas, así como cualquier otro pederasta, deben pagar por el crimen sexual cometido, sin que lo evite el hasta ahora efectivo manto protector de la Iglesia. La fe tiene como base la confianza en quienes se han elegido –voluntaria y libremente– como autoridad espiritual.
Las contundentes pruebas que hablan de silencio cómplice desde las estructuras de poder del Vaticano, tienen hoy perplejos y desconcertados a los creyentes de medio mundo. La imagen de una Iglesia católica poderosa que protege a sacerdotes pederastas es, sin matiz alguno, un contrasentido con la palabra divulgada cada día desde cada púlpito, desde cada capilla e iglesia en campos y ciudades marcados por la cristiandad. Un sacerdote es un hombre y, por ende, no está libre de ser castigado ante crímenes tan perversos.
