Panamá, después de un largo y escabroso proceso para poner orden fiscal y financiero, ha logrado lo que pocos países en América Latina han conseguido: el grado de inversión. Con ello, Panamá ingresa a un pequeño grupo en el que solo se cuentan Perú, Chile, México y Brasil.
El grado de inversión permitirá al país contraer deuda a tasas de interés más bajas, lo que implica –en teoría– que se destinaría más dinero a las inversiones. Queda así demostrado que cuando los panameños nos lo proponemos podemos materializar sueños, a pesar de todas nuestras deficiencias y problemas. Una de ellas es, sin duda, esa galopante corrupción que menoscaba la riqueza.
¿Qué sería de Panamá si nos decidiéramos de una buena vez acabar con nuestros vicios? Seguramente seríamos desde hace tiempo una nación que estaría cercana de pertenecer a otro exclusivo club: el de los países del primer mundo. Por ello, cuando terminemos de celebrar este importante triunfo, tendremos que meditar sobre lo que debemos hacer para conservarlo. Y ahí hay mucha tela que cortar.
