El periodismo ha cobrado una nueva víctima en la región, evidenciando un grave y peligroso deterioro de los mecanismos institucionales que garanticen y protegen el ejercicio de la libertad de expresión. Además de la tragedia humana que significa cada nueva víctima de la intolerancia, lo que está sucediendo en el continente es el triunfo de la impunidad y de la violencia amparadas desde el poder, en perjuicio de la democracia misma.
El buen periodismo –ese que desenmascara, que saca a la luz lo que se intenta ocultar, que denuncia– cumple en nuestros países el papel que hasta el momento no han podido cumplir las instituciones propias de un estado de derecho. Una justicia independiente y eficaz sigue siendo la gran asignatura pendiente en muchos de nuestros países.
Y justamente por ello, las páginas de los diarios y de las revistas de investigación o los programas transmitidos por radio o televisión, siguen siendo las tribunas donde se evidencian los atropellos, las infamias, las bribonadas. Esta nueva muerte de un periodista en Colombia debe hacernos reflexionar a todos sobre los peligros que siguen acechando al periodismo. Se trata, a fin de cuentas, de la libertad de todos.
