Concluyó el sainete: con una premura aterradora, los nuevos magistrados designados por Martinelli no demoraron ni dos semanas en ratificar el más oscuro de los presagios. Ni la independencia ni la integridad jurídica estuvieron jamás en la agenda de uno ni de otros. En cómoda compañía con los “mireyistas”, la Corte ha dado al servilismo un significado más grotesco.
Han separado a Ana Matilde Gómez porque conocen de primera mano el deseo del Ejecutivo, sin importarles un bledo con el derecho, ni que el caso contra la Procuradora carece de fundamento jurídico. Todo ha cedido para servir al nuevo amo, con la misma docilidad que unos sirvieron a su antigua patrona y los nuevos complacerán al poderoso. Como director del barato vodevil no repara en la menor formalidad, detrás de la delicada crisis constitucional a la que nos abocamos han quedado sus zapatillas embarradas por paredes y pisos.
Ni siquiera quienes hemos sido críticos de la parsimonia e indulgencia de Gómez ante la galopante corrupción que nos corroe, podemos admitir la laceración que se le inflige a la institucionalidad del país.
