Tras casi una semana del devastador terremoto de Haití, parece que a medida que se remueven los escombros surgen nuevos desafíos. Aparte de llorar la pérdida de miles de seres humanos –muchos de ellos sin identificar– surge la apocalíptica tarea de enfrentar el hambre que ha dado rienda suelta al saqueo y a la violencia en calles alfombradas de cadáveres en descomposición. Por fortuna, con la misma pujanza que llegó el siniestro, el voluntariado internacional ha unido fuerzas para sacar a la isla de la dura prueba.
Hoy les tocó a los haitianos tener que lidiar con una tragedia que ha consternado al mundo. Hay que salir de la crisis con el más alto sentido humanitario, pero con la lección aprendida de que tales esfuerzos no deben quedarse en la temporalidad del problema. El mundo sabe que Haití sufre desde hace mucho tiempo, y el sismo nunca puede ser el tiro de gracia para el empobrecido pueblo. Por el contrario, es un llamado de atención para que en el futuro se les asegure una existencia más justa y humana a los sobrevivientes de la triste historia.