Volutas de humo se alzan de un candil que debería estar ardiendo cual hoguera. España se comporta con extraña pasividad ante el cumplimiento de sus compromisos internacionales por sancionar a sus empresas cuando estas vienen a las Américas a sobornar. Hace años que el primer mundo acordó detener la espantosa práctica de sus multinacionales, que no hacían otra cosa que corromper gobernantes en África, Latinoamérica y Asia para hacerse de contratos y concesiones. No hay nada gratis en este mundo.
Cuando un empresario obtiene una concesión directa sin pagarle al Estado por ella, se le roba al pueblo porque sus ingresos van a parar a bolsillos particulares, justo como con Cirsa. La admisión final de que dos allegados de Pérez Balladares aparecen como accionistas es en sí una admisión absoluta de culpa del delito. Esos 14 millones que recibirán, sumados a los millonarios dividendos que terminaron en las chequeras del ex mandatario, nos han sido hurtados a los panameños. Y los españoles han sido agentes activos del intercambio de beneficios privados. Veamos si en Madrid toman nota de las horrendas andanzas de sus conquistadores.
