Lo absurdo pretende tener nacionalidad panameña. Es así desde que actos que van en contra de la noción más elemental de justicia y legalidad, son realizados con el ropaje de naturalidad. Que se les haya pagado 14 millones de dólares a los supuestos dueños de las acciones de Lucky Games, S.A., es absurdo. Lo es, si consideramos que el derecho a esas acciones nació en el seno de actos de corrupción.
Lo es, si consideramos que quien lucra con ellas no es alguna de las personas que afirman ser sus dueños. Y, lo más absurdo, si consideramos el patético espectáculo que vivió el país por cuenta de una burla más a las autoridades que participan en el servicio público de administración de justicia. Pero la pretensión que tiene el absurdo de ser panameño es eso, una aspiración. Un deseo que no se cumplirá, porque este país no está habitado por corruptos ni indiferentes que viven catatónicamente, como piensan Thayer, Pretelt y Pérez Balladares. Estos, tarde que temprano, enfrentarán el justo precio de sus actuaciones. A pesar de que en ellos la vergüenza no tenga domicilio.