El daño que causó un ingeniero municipal glotón e inescrupuloso a la ciudad es irreparable. Por supuesto que los permisos de construcción otorgados en evidente violación de las normas urbanísticas, las áreas publicas apropiadas por particulares, y que hemos perdido para siempre los ciudadanos, la destrucción del patrimonio histórico, los permisos de ocupación concedidos prematuramente en perjuicio de tantos compradores y el sinfín de irregularidades cometidas durante la gestión de Jaime Salas, jamás encontrarán compensación.
Cabe el reconocimiento sonoro a ese fiscal que ha asumido con valor –luego de investigar los rastros dejados por el dinero sucio– la acusación, llamando a la corrupción por su nombre y formulando cargos por enriquecimiento injustificado en nombre de la sociedad a un funcionario cuyo cargo era, precisamente, salvaguardarle sus intereses. A la par que el Ministerio Público logre probar el delito contra Salas, quedan por descubrir también los empresarios que sobornaron, y al jefe, que guardó silencio o fue parte del festín. ¡Llegó la hora de pagar por los platos rotos!
