Veinte años son suficientes para otear con profundidad la invasión. En igual tiempo ha crecido una generación entera de panameños, ajena a la oscura noche que significó la dictadura militar. Por encima de la interpretación que a los acontecimientos quiera dar cada istmeño, lo fundamental es rescatar el hecho de que políticamente Panamá está en libertad y en democracia, en mejores condiciones hoy, de lo que estábamos en diciembre de 1989.
No podemos permitir que este país repita los yerros del pasado, sembrando la semilla que abonó la descomposición política que desembocó en tiranía. La invasión vino a ser el último eslabón de una pesada cadena de errores de los panameños. No a la corrupción. No a la marginación de los menos favorecidos, en las ciudades y campos.
No a los mandatarios que irrespetan sus límites. No a los funcionarios que incumplen con su responsabilidad. No a los jueces que dejan impunes los delitos. No a la opacidad. Que jamás tengamos que llegar tan lejos y tan mal, como para que nuestros asuntos terminen siendo dirimidos por extranjeros.
