Detrás de una extensa lista de nombres, la mayoría incluida con una audacia desconcertante, han quedado conformados los candidatos a ocupar las dos vacantes que habrá este año en la Corte Suprema de Justicia. Al menos sabemos el grupo del cual el Presidente escogerá a dos.
Lo lamentable es que, por tratar de enmendar males pasados, hemos quedado inmersos en un sistema de selección que no repara el fondo del problema. ¿Cómo lograr candidatos a la Corte Suprema que luego de un cuidadoso escrutinio constituyan realmente juristas cuyas credenciales pongan por delante la integridad e independencia? ¿Cuya mera designación haga honor a la promesa presidencial de designar a “los mejores”? En la interminable lista de candidatos, abundan los desconocidos. Destacan, por otro lado, un par de buenos candidatos de impecable trayectoria.
Y para espanto de tantos, se ha incluido en la lista un puñado de aspirantes cuya ejecutoria y tenebroso pasado nos hacen tragar lento y confiar en que, más allá de los rumores que circulan, el Ejecutivo sepa elevarse a la altura de su responsabilidad histórica.
