La justicia extranjera ha dejado nuevamente al desnudo al sistema judicial panameño. No importa que las revelaciones hechas aquí sobre casos de corrupción –bajo riesgos enormes contra periodistas y medios de comunicación– le hayan puesto en sus narices al Ministerio Público o al Órgano Judicial las evidencias sobre esa abyecta colección de ex presidentes corruptos, la justicia panameña siempre ha encontrado el escollo kafkaiano para detener el castigo.
Ahora, ante una Corte de Estados Unidos, un ciudadano de aquel país –investigado por fiscales que tuvieron noticia del delito e hicieron su trabajo– ha confesado abiertamente lo que se denunció aquí hace tiempo: a punta de coima se le han robado millones al Estado panameño. Allá se confiesa abiertamente la comisión de un delito, mientras acá, tanto fiscales como magistrados no han sido más que encubridores del crimen.
Algunos destellos de esperanza titilan en el firmamento, porque un par de juzgadores patrios se esfuerzan por abrir paso a investigaciones de fondo, amén de aquel fiscal que finalmente tiró al cesto de la basura la absurda “prescripción” por un asesinato encubierto de otro burlador de la justicia amparado por los militares y el PRD.
