Los estudiantes del sistema público de educación muestran un desprecio incomprensible –al igual que sus padres– por tomar en serio sus clases. Luego de un año irregular, como lo fue el pasado y parte de este, resulta inaudito que se den el lujo de perder clases, solo porque querían continuar con el largo asueto de fiestas patrias. Si fueron capaces de faltar ayer, no hay que descartar que lo vuelvan a hacer el próximo lunes, un día después también es día nacional. Los acudientes de estos muchachos también deben asumir su responsabilidad.
Si les permiten estas libertades, ¿con qué cara pueden luego cuestionar la calidad de la educación? No es un secreto que la educación en Panamá es una vergüenza, pero echarle la culpa a alguien ya en nada contribuye a su mejoramiento. Lo que hay que hacer es incentivar a nuestros jóvenes para que acudan a clases, pues vivimos en un mundo tan complejo que la preparación académica es quizá la principal salida del círculo de la pobreza. No podremos aspirar a ser un país del primer mundo, cuando la juventud recibe educación de cuarta categoría y, para colmo, renuncian a ella por motivos tan triviales como la parranda.
