El Parlamento Centroamericano pudo haber sido una gran idea, pero sus integrantes redujeron esta institución a una cosa retorcida, sin rumbo y alejada de todo buen propósito. La convirtieron en esclava de sus intereses, en un santuario en el que hallaron amparo rufianes políticos de la peor ralea. La institucionalidad del Parlacen fue, en consecuencia, terriblemente minada y su credibilidad solo empeora con cada año que pasa. Y los políticos locales no han sido la excepción.
Salvo un ex presidente, todos los demás han corrido al Parlacen a buscar refugio, pues poco o nada han hecho para justificar su presencia allí, o los miles de dólares que nos cuestan sus viajes, sus emolumentos y sus viáticos.
Salir de esta nada productiva institución nos permitirá ahorrar no solo dinero, sino salir de esa abusada figura de la inmunidad de la que echan mano todos los que buscan –con ella– evadir la justicia. Ya bastante tenemos aquí con la impunidad, cuyo reinado nadie hasta ahora ha podido poner fin. Cuando los políticos definan sus objetivos y empiecen a cumplirlos, ese será el momento de volver. Pero hasta ahora, pertenecer al Parlacen solo ha sido una vergüenza.
