Décadas enteras se han sucedido con una política exterior acomodaticia. Estados Unidos de América, que en casa brilla con una robusta democracia y el imperio del estado de derecho, encontró siempre tenebrosas razones para apoyar cuanto golpe de Estado y dictador surgiera en Latinoamérica, siempre y cuando le fuera útil.
En Panamá conocimos de primera mano dicha política, que se repitió una y otra vez por toda la región. Las endebles instituciones democráticas pasaban a segundo plano, porque Washington prefería dóciles uniformados al mando. Por ello, los demócratas del continente no podemos dejar pasar por alto un cambio fundamental que, con mucha discreción, se ha dado en Honduras.
Derrocado el presidente Zelaya, Washington guardó distancia y dejó que los cancilleres latinoamericanos buscaran una salida democrática. Alargado el proceso, y a pesar de que el errático Zelaya dista de ser un peón de Washington –con sus querencias muy bien alineadas a Caracas y Quito–, el presidente Obama plantó la estaca.
La firmeza de Washington fue por la democracia, a pesar de las diferencias con el beneficiario del acuerdo. No reconocer el giro esencial que acaba de ocurrir en la Casa Blanca, sería una miopía imperdonable para quienes defendemos la democracia.
